6.1. Un canal alternativo: las asociaciones y los colectivos sin ánimo de lucro.

Al margen de la potente tiranía del mercado y como vía para canalizar las propuestas menos comerciales nos encontramos con la independencia matizada de las asociaciones y los colectivos alternativos sin ánimo de lucro. No nos referimos, en este caso, a fundaciones de cierta enjundia –y cierto patrimonio- ni a entidades de carácter público, sino que se trata, en realidad, de propuestas independientes y privadas que, alrededor de los caminos establecidos, intentan difundir proyectos que tienen una salida más compleja en el difícil circuito del arte. Este tipo de organizaciones cubre un espectro muy necesario para la difusión de las plásticas, encargándose de dar cabida a contenidos de un tenor más singular.

Singularidad que en el seno de estos colectivos provoca una serie de dificultades recurrentes que suelen generar una existencia compleja y, en muchas ocasiones, limitada en el tiempo. Una suerte de patologías que acaban afectando a un canal de emisión creado por amor al arte, pero que termina pervertido por cuestiones, sin duda, algo más terrenales.

Y es que estas iniciativas suelen proceder del empuje de un grupo concreto de personas –en confluencia momentánea de voluntades e intereses- profesionales de sectores afines –o no tanto- que a la misma velocidad que agotan su ilusión, fuerzas o dinero, van perdiendo el fuelle necesario para mantener vivo el proyecto. Estos colectivos viven del ánimo de los “socios” que se encuentran más motivados y activos en ese instante y, por este preciso motivo, suelen caminar a una velocidad inconstante, incluso cesando su actividad en determinados momentos. Este grupo de personas, además, acostumbran a ir variando su composición y, con ello, las sensibilidades en la selección, producción y difusión de sus propuestas, configurando un panorama difuso donde los criterios del colectivo pueden parecer algo irregulares.

Otro problema, éste de una evidente materialidad, es el peso cada vez más flagrante al que el mantenimiento del inmueble donde la asociación desarrolla su actividad somete al colectivo. Esta locura especulativa inmobiliaria –parece que definitivamente herida de muerte- nos ha sumido en precios imposibles, tanto para comprar como para alquilar, y ha terminado ahogando casi cualquier iniciativa que precise de un espacio físico, certificando, sin piedad, la defunción de muchos de estos proyectos. Una necesaria financiación de las infraestructuras, ciertamente costosa, que se une a la también necesaria financiación de los propios proyectos, una necesidad de fondos que puede poner en peligro el carácter más esencial de estas iniciativas: su independencia.

Efectivamente, no resulta nada extraño que, estos colectivos, puedan verse atrapados en una espiral donde la propia búsqueda del dinero como medio les haga recurrir al mercado –modificando sus criterios de selección en pos de propuestas más comerciales y vendibles- o apelando a patrocinadores y subvencionadores –normalmente públicos- que, a la vez que les financian, pueden hacerles perder su genuina e intransferible esencia, fiscalizando sus propuestas, moderando los criterios o entrometiéndose en sus planteamientos.
6. El galerista.

Para un texto titulado Putos es estación obligatoria hablar de los mejores burdeles y de algunos de sus proxenetas. Galeristas y galerías los hay de todas las formas y de todos los colores, y en una isla como la nuestra, con esta hiperabundancia de espacios expositivos privados, aún más. Y es que en Mallorca tenemos la inmensa fortuna de disfrutar galerías rigurosas, conocidas por todos, con línea, criterio y saber estar, que colaboran –con rigor- fomentando la producción y la carrera de los artistas con los que se asocian. Pero desgraciadamente también –y seguro fruto de esta descabellada y numerosa oferta- padecemos galerías y galeristas que, más que promocionar y posibilitar, entorpecen, interfieren y anquilosan todo este complejo engranaje.

La galería –y el galerista- terminan de completar el círculo necesario que, en cierta medida, sustenta toda la estructura que soporta la creación plástica, otorgando una salida comercial y abriendo un canal de ingresos para todos. Al margen de la inversión pública –con los criterios, déficits y perturbaciones que más adelante ampliaremos- la galería proporciona la vía fundamental para inyectar el lubricante perfecto al sistema –el vil metal- que engrasa toda la maquinaria creativa y permite, en cierto modo, la tan anhelada libre producción.

Pero, al igual que el entramado de galerías habilita esta posibilidad que, en principio, debería propiciar la autonomía del artista, también termina lastrando esta pretendida independencia. Tanto artistas como galeristas se juegan los cuartos –sus cuartos- en todo este proceso y, mientras el artista verdadero suele creer en su obra y tener cierta convicción en su propia producción, el galerista, muchas veces, no tanto, y trata de reconducir, en ocasiones de manera sutil y otras de forma más vehemente, las creaciones de los otros –los artistas- encaminándolas hacia los parámetros que son de su interés.

Así, los galeristas, se convierten en más oportunidades de las que serían deseables en artistas sin pincel que quieren dirigir, sin poder ni saber, la mano de quien realmente lo agarra, interfiriendo en su producción para acercarla a su personal e intransferible criterio, a veces, las menos, ponderado sobre su propio gusto artístico, en otras, las más, tratando de dirigirla según su apreciación de lo vendible, de lo comercial y, en definitiva, de lo lucrativo, mientras se aprovecha de la situación de dominio que le otorga el ser poseedor de los medios suficientes y las infraestructuras necesarias.